Me encontraba en la ciudad de Québec de vacaciones. Era sábado. Caminé las escaleras cuesta abajo del Petite Champlain, famoso mercado de Québec. Cuando de repente, mi mente voló hacia el infinito y más allá. Me había enamorado de una mirada azul. Si, una hermosa joven de ojos celestes me miraba con una amplia sonrisa. Estaba encargada en atraer turistas a un pequeño restaurante. No me pude contener, preparé mi cámara y cuando pasé junto a ella, le pedí tomarme una foto con ella. Aceptó. Se llamaba Vanessa. Y al despedirme de ella le confesé "I fell in love for your eyes" se ruborizó y me fui. Ese día regresé a Montreal. Permanecería unos días más ahí y regresaría a México. No podía olvidarla. Me había enamorado de su mirada azul ¿Qué podía hacer? Planeaba visitar las Cataratas del Niagara, pero deseaba ver a Vanessa, una vez más. No tenía sentido, ella en Canadá, yo en México. Pero seguí a mi corazón. Contra toda lógica, decidí pasar el siguiente sábado en Québec otra vez y no visitar las Cataratas, ya que el dinero no me alcanzaría. Llegó ese sábado. Mi corazón latía a mil por hora, al saber que la vería una vez más. Si, ahí estaba ella. La saludé y desayuné. Platicamos. Me sentía feliz de verla. Me despedí de ella, la abracé y me fui. Estaba tranquilo y muy feliz. Visité algunos lugares en Québec antes de regresarme a Montreal en la noche. Y decidí regresar a comer con Vanessa. Quería verla una vez más. Quería esperarla después de que acabara de trabajar para platicar con ella y caminar por las terrazas Dufferin, que se encontraban cerca, ya que Québec es un puerto. Ella salía a las 10:00 de trabajar, por lo que no era posible. Yo tenía que regresarme a las 8:00 a Montreal, ese mismo día. Me despedí de ella y le confesé que la única razón por la que había regresado a Québec... Era ella. Ya había caminado unos pasos fuera del restaurante, cuando se dio una lucha en mi interior "no puedo olvidarla, no tiene sentido, pero cuando menos quiero seguir en contacto con ella por email". Si, se lo pediría. Y decidí regresar al restaurante. Esperé a que saliera, desde lo alto de las escaleras. Y cuando la vi, elevó la mirada notando mi presencia. Me abalancé rápidamente por las escaleras, para pedirle su email. Pero ¡Oh sorpresa! Yo había bajado la mirada y cuando la alcé, al momento de llegar al restaurante... Ella se había metido. Había huido de mí. Y se me cayó el corazón. Comprendí que solo había sido cortés conmigo, pero que no le gustaba y en realidad tantas muestras mías de interés la habían asustado. Me regresé a lo alto de las escaleras para observar. Ella se asomaba discretamente, para ver si yo seguía en lo alto. Comprendí todo. Triste y con mi corazón en pedacitos, decidí regresarme a Montreal, ya era hora. "¿Cómo era posible que no apreciara todo lo que hacía por ella?" Pensaba. Meditabundo y triste, regresaba en el camión de Québec a Montreal. Pero concluí que había seguido a mi corazón y que con mis esperanzas había sido feliz. Eso me tranquilizó. Ya de regreso en México me encontraba en un lugar de baile. Estaba con unos amigos. En eso, un hombre se me acercó "Una amiga dice que le gustas, que si bailas con ella". Ya había bailado con ella, me agradó, pero no me interesó para otra cosa. Le mencioné que estaba con mi grupo de amigos y que más tarde bailaría con ella. No lo hice. Me despedí de mis amigos, cuando dio la coincidencia que ella se encontraba esperando a sus amigas que habían entrado al baño. También estaban de salida. Yo bajaba las escaleras, cuando ella se acercó desde lo alto "psstt, psstt". Voltee y me dijo "Ven" y se retiró, esperando que subiera. Me dio miedo. Me quedaba claro que le gustaba y a mí no me interesaba. En vez de subir, bajé las escaleras más rápido y caminé a paso veloz hacia la salida, mirando con terror a mis espaldas, esperando que no me siguiera. Una vez a salvo, reflexioné... Y comprendí a Vanessa. Cuando me rechazaron, el dolor no me dejaba entender, pero cuando yo rechacé, la luz me iluminó y entendí qué había pasado por la mente de Vanessa.
Y al comprender, pude perdonar. El amor a veces no elige estar donde deseamos. Pero hay que lanzar todos los dardos. No ser correspondidos, es el riesgo de arrojar los dardos del amor. Simplemente hay que recogerlos y volverlos a lanzar. Porque cuando demos en el blanco, el juego habrá terminado y habremos encontrado a nuestra pareja. Y recordaremos con risa todas esas anécdotas que en su momento nos causaron pena.
* Autor: Edgar Martínez (Webmaster) *
"Recuérdalo, cuando las cosas vayan mal, es posible que a fuerza de mirar el cielo, te crezcan alas."
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