lunes, enero 22, 2007

UN MILAGRO EN EL JARDIN

Y por un raro sortilegio el árbol se convirtió en hombre. No supo cuántos siglos habían pasado... No supo qué fue de su compañera en el bosque.Ahora no podía entender la dimensión tiempo y espacio...La luz se recreaba entre el follaje, reflejando en el alfombrado verde y amarillento del bosque, grotescas y fantásticas siluetas de las sombras de altísimos árboles, arbustos y enredaderas.Se difundía entre aquella enmarañada vegetación, una espesa neblina que brillaba al destello del sol y cubría los árboles de un velo nacarado, que no dejaba divisar el castillo incógnito que buscaba el caballero.Sediento y destrozado, llevaba muchos días de agobiador viaje. Se hallaba doliente y triste… Se sentía al borde de un abismo sin fondo. Ya no podía, casi continuar. Había deambulado calurosos desiertos, espesos bosques, y selvas sombrías. Cortando gruesas ramas que interceptaron su paso, y abriéndose camino por entre las gigantescas y espinosas plantas. Su corcel blanco extenuado, casi abandonado. Su ropaje pesaba como una capa de plomo sobre sus hombros. Quería desechar la duda y la aprehensión de sus pensamientos. La leve esperanza de encontrarla esta vez para siempre, se le iba deshilachando entre sus sueños y anhelos.Al penetrar en aquella selva exuberante, donde el canto de las aves, el murmullo del viento, el sonido enigmático, secreto y recóndito del bosque, formaban un coro nunca oído, se sintió electrizado y delirante por una incipiente felicidad… Aquel cántico de pájaros exóticos y extraños, a pesar de ir agotado y deshidratado, le hacía olvidar su terrible cansancio. Oyendo ese maravilloso coro, que desde muy lejos le brindaba la naturaleza, con voces sibilinas de ilusión, algo remoto le subyugó el pensamiento…Pensó en dejar el caballo y seguir solo su camino por la selva, cortando gruesos troncos de fuertes rastreras, buscando el sendero de vuelta a aquel excelso paraíso donde vivió un sueño sublime, que inocente y honesto había extraviado…Trataba, a pesar de todo, de llegar algún día al recóndito castillo, y una exhalación pareció que despedía su corazón por la boca. Ese corazón que días atrás había pulsado en su pecho una alarma de peligro. Debía cuidarse. Sentía ultrajado su orgullo. Sin quererlo, sintió un profundo rencor por la soledad que había señalado su destino… "¿Qué es la vida, sino el hoy mismo?", se preguntó recordando el tiempo que estuvo cerca de la muerte. Asesina cadavérica que no logró conquistarlo porque un ángel celestial la expulsó de su lecho. "¿El ángel es mi vida?"…Era un hombre justiciero, leal y fiel como ninguno, poseía una personalidad magnífica y bondad excepcional. Por primera vez sentía miedo, un miedo espiritual que llenaba de estupor su alma. Era un hombre recto y erguido como un ciprés, de ancha y musculosa espalda, espeso cabello renegrido, con un brillo azulado que le otorgaba un aspecto de hechicero. Sus ojos oscuros, de mirada profunda y ardiente, reflejaban en su brillo centelleante, la sangre apasionada y fogosa de su raza. Sus facciones viriles, perfectamente delineadas, mentón firme con una linea al medio y labios fuertes, le otorgaban un aire soñador a su rostro. Era un hombre de extrema tranquilidad escondida bajo su piel, pero cuando la injusticia se ensañaba contra él o los suyos, explotaba como un volcán impetuoso y ardiente.Decidió detener su caballo, quitándole los arreos que tiró a la tierra. Comenzó a recorrer el camino solitario entre la selva. En el trayecto, mientras cortaba con su machete cuanto se interponía a su paso, recordó su pasado: sus abuelos, sus padres, sus amores, sus pasiones, sus aventuras heroicas, su esposa, y sus hijos. Todo pasó por su mente como una película desde su infancia hasta ese presente. Un hoy. Un ahora que se desplegaba frente a su vida como un enigma.Continuó su sendero, guiado quién sabe por qué o por quién. La niebla se fue disipando lenta y sorprendente, y de improviso surgió en un castañetear de chispas, un portentoso arco iris, que le invitó el camino a seguir. El final donde yacían sus colores. Y en ese límite entre la tierra y el cielo multicolor, divisó la silueta de un castillo encaramado sobre la cumbre de una gran montaña.Miró el horizonte, era lejos, muy lejos… De pronto encontró un riachuelo cristalino, donde sus dulces aguas transparentes le brindaron el descanso y aliento para reanudar su búsqueda. Una cascada blanca de espuma le inundó desde lo alto de un declive. Se dejó bañar sintiéndose reconfortado, bendecido. Algo esotérico le anunciaba que estaba cerca, muy cerca… Y un pensamiento dañino cruzó por su mente: "¿Seguiré buscando? Ya la perdí, ¿Para qué seguir?" …Sin pensarlo, se quedó dormido junto al río, apartando primero la maligna elucubración que horadó su mente.Un aletear de alas conocido y rasante lo despertó. Incorporándose rápido de la hierba que le sostuvo cual un plumón, y ya de pie, miró hacia el cielo azul resplandeciente. Buscó el ave que le rozara, pero solo se veía el arco iris. Continuaba en el mismo lugar. ¿Cuánto tiempo durmió? No lo sabía, pero se sentía feliz, fortificado, sano. "¿Donde está?" Escudriñó los rincones del cielo y la tierra… ¡Nada! No la veía ni siquiera entre las copas de los árboles.El concierto de pájaros era melodioso y confortante. El sol volcaba sus rayos en perpendiculares líneas sobre el paisaje, que ahora se le mostraba distinto, espléndido, lujuriante de flores, mariposas, colibríes, con todo lo que el Señor de los Cielos podía ataviar un edén. Y prosiguió el sendero hacia el final del arco iris, que, como brújula le mostraba su norte.A medida que avanzaba por ese nuevo sendero, se le brindaba un maravilloso espectáculo. Exuberantes plantas con capullos paradisíacos, mariposas multicolores libando las mieles, cervatillos, venados, lagos iridiscentes poblados de cisnes enteramente blancos, y otros de cuello negro. Pájaros extraños y fantásticos que volaban contorsionándose por el aire, nidos colgantes rebosantes de pichones. Buscó con su mirada hechicera a su águila amada por los cielos, pero no la veía por ninguna parte. Sintió redoblar su pena en el corazón que palpitó fuertemente. Experimentó un temor irresistible por su salud, por su corazón que parecía no querer contener más emociones…Y ascendiendo el terreno que se empinaba cada vez más hacia arriba de la montaña, se transformó instantáneamente el panorama. Aparecieron ante sus ojos dos árboles… Dos árboles conocidos… Pero esta vez repetidos. Ya no eran ellos solos, sino muchos. Todos formaban una doble hilera a los costados del camino que se ensanchaba, hacia el punto final donde se encontraba el castillo, iluminado misteriosamente por un sol desconocido y fascinante. Los árboles se mantenían uno al lado del otro con sus troncos bien unidos, por arriba sus ramas se entrelazaban techando el cielo, no dejando pasar ni un vestigio de espacio celeste. Solo el camino se extendía a sus pies facilitándole el trayecto, que ya no semejaba ir en ascenso. Un senda ancha, sin hierbas, solo la tierra tapizada de hojas de los mismos árboles, entretejida por las raíces. Siguió el camino marchando aceleradamente, con una urgencia desesperada en el alma. Sabía de una forma inexplicable que al llegar a aquel castillo, encontraría a su águila blanca…A medida que caminaba y caminaba, sentía que la salud volvía a su cuerpo. Miraba hacia sus lados, y los árboles parecían hablarle palabras oídas, poemas llenos de amor, letras que le alentaban. Observaba asombrado el techo verde abrazándose con las ramas y hojas. Por momentos quería descansar, detenerse, otra vez confundido "¿Qué puede pasar?" Más signos de interrogación penetraban en su mente. "¿Y si arruino todo aquello tan hermoso que viví en aquel paraíso?"… Se tumbó sobre la tierra tibia, quería detener su pensamiento confundido, saturado de dudas que lo enloquecían…Recostó su cuerpo sobre la hierba, quedó tendido en el suelo sagrado de aquel lugar. Estaba a punto de llegar, no obstante sentía temor, un miedo inexplicable. —¡No tengo derecho a hacer esto! ¡No puedo ser feliz así! —gritó. Y se durmió profundamente. En su sueño, las níveas alas del águila acariciaban su cuerpo, como si fuera una sirena con un suave roce que le entibiaba el alma y aliviaba su espíritu. "¡Estoy soñando! ¡Estoy soñando!"… Repetía esas palabras en su mente.De pronto la mirada penetrante y fija del águila, verde como las hojas de los árboles, atravesó sus ojos llegando hasta el punto focal de su alma… Se despertó.Allí estaba, junto a él, efectivamente sanándolo con sus plumas, desde su cabeza hasta los pies. ¡Era ella! ¡Sí, era ella! Su mismo rostro, la misma sonrisa, la misma mirada. Pero ahora, no era un águila … Era un Ave Fénix.Ella, comenzó a alejarse de él, de frente a su rostro, con sus alas extendidas, tan grandes, que parecían las de un ángel, e iluminándolo totalmente. Sus rayos de luz atravesaban los árboles, lo bañaban a él con multicolores destellos de fulgor, y se expandían por todo el sendero, encendiendo los troncos, ramas, y hojas de los árboles, con majestuosos matices conformando miles de arco iris, en un espléndido escenario de luz y color.Como el magnetismo de un gigantesco imán, una fuerza misteriosa emitida por el ave, haló de su cuerpo. Ya de pie, siguió al ave fénix que se dirigía al castillo. No sentía voces, solo luces, colores, sinfonías, amor…Extasiado y sereno como nunca en su vida, con fuerza, sano, feliz. La imitó orientándose hacia donde el ave maravillosa lo llevaba.Llegó al fin al enorme y majestuoso castillo. Una inmensa puerta de oro con incrustaciones de marfil y perlas se abrió de par en par. Ella seguía penetrando hacia adentro del castillo. Y él traspasó el umbral…Un grandioso salón se presentó ante su vista. Vitrales multicolores, dejaban entrar los rayos del sol, el piso alfombrado de nubes celestes y rosadas que llegaban hasta sus rodillas. Sintió que no caminaba, solo flotaba dentro de aquel lugar jamás imaginado. El ave fénix, continuaba atrayéndolo, esta vez hacia una escalinata de cristal.La escalinata comenzaba su base desde las nubes del piso, y se abría en tres: dos hacia los costados derecho e izquierdo, y la central continuaba de frente a él. Deseaba tener mil ojos para poder ver todo el esplendor que se presentaba ante él.El ave luminosa y radiante extendió sus alas hacia él. Lo levantó sin tocarlo con una energía singular, y elevándolo en el aire perfumado, lo colocó en el primer peldaño de la escalera central.Al posar sus pies en el cristal diamantino de la escalera, sintió algo nunca vivido. ¡Le crecían alas!… El ave prosiguió su camino de espaldas hacia el destino donde le conducía, y él comenzó a ascender, pero esta vez sus propias alas le crecían y crecían, aligerándole el paso. Fue tan veloz subiendo, que sin darse cuenta se encontró frente a otra puerta. Una puerta moldeada de zafiros, esmeraldas y rubíes. El ave quedó suspendida a un costado, y con una de sus alas le invitó sin musitar palabra alguna, a franquear esa puerta. El, colmado de felicidad, paz y amor, no supo qué hacer. Como siempre, esperaba que ella diera el primer paso…Sin embargo, aparentemente el ave no hizo ningún gesto. La magnifica puerta se abrió sola desde el medio, en una perspectiva tan maravillosa, tan incandescente, que no lo pudo soportar. Instantáneamente se desmayó…Tímidamente se abrieron sus ojos y aunque fueran hechiceros, nunca habían concebido lo que vio.Era una cámara sin ángulos ni líneas. Por arriba conformada de un firmamento repleto de estrellas, lunas y soles. Miró a sus lados, por un costado vio un amanecer radiante despertándose desde un mar azul y plateado, donde bellísimas gaviotas blancas volaban dichosas. La arena de la playa brillaba como polvo dorado. Se extendieron sus ojos buscando algún límite. No había…Volteó lenta y embelesado la cabeza hacia el lado opuesto. El paisaje mostraba un atardecer poblado de nubes rosadas y lilas, y anaranjados dibujos que se proyectaban sobre unas montañas de suaves curvas, sin picos, sin líneas duras. Buscó otro límite. No había…De los cerros caían cascadas de azulina y bruñida agua que desembocaban en un lago serenísimo que se extendía de frente a él. Miró hacia adelante buscando otro límite. No había…No supo cuanto tiempo permaneció mirando hacia al frente, suspendido el pensamiento, formando parte del horizonte del lago, que se unía al cielo en una nube rosada que ascendía como lenguas desde el agua, y como volutas se elevaban hacia lo alto enredándose con las nubes multicolores. Su mirada fue más allá del horizonte buscando un límite. No había…Miró hacia abajo. ¿Dónde estaba su cuerpo? Por debajo, un alfombrado verde intenso le ofrecía esplendoroso un lecho de flores y plumas. ¿Quién lo había recostado allí? Buscó el ave, pero no la vio. Una melodía increíblemente bella y pacífica se oía, no supo de donde venía esa música. Arpas fantásticas, liras oníricas, violines celestiales ejecutaban la más hermosa canción en sus oídos. Un perfume conocido le invadía los pulmones y el cuerpo entero. Sanándolo. Sanándolo….Se sentó en el lecho etéreo para buscar a su dulce amiga y miró por detrás suyo. Allí se encontraba el ave fénix, tan luminosa, y etérica que deslumbró sus ojos. No pudo hablar, no pudo hacer ni un solo gesto, como antes, no pudo ejecutar un solo movimiento…El ave fénix comprendiendo su asombro, fue apagando su resplandor y se convirtió en el águila blanca. El extendió los brazos para alcanzarla pero no se podía mover. Súbitamente, en un estallar de luces que le cegaron por un instante, el águila estaba a su lado, pero ahora ya no era su águila amada, era un pequeña, diminuta colibrí. Y batiendo sus alitas se posó en su mano abierta, que besó como devota besara la mano de un rey.El miró con amor aquella pequeñísima ave que nunca lo había abandonado. Quiso acariciar sus plumitas y tuvo temor de lastimarla. Entonces besó sus dedos con un roce inmaculado de sus labios. Y ese beso fascinador logró el milagro… El minúsculo colibrí se transformó al instante en mujer…Aquella inolvidable dama, que un día él pensó que era mitológica, inalcanzable, muy lejana… Ahora, hoy. Allí estaba con él. En la más bella e increíble habitación del gran castillo… Y ella se quedó junto a él dulcificando sus penas, relatándole mil leyendas rebosantes de poesía. Mientras aquella música celestial acompasaba su voz, ella paralizó el tiempo…Y el tiempo se detuvo. Se paró para siempre dentro de la sala. Porque ese aposento del castillo era el corazón de ella, que poseía esa cualidad desconocida. La virtud de detener el tiempo. Interrumpir el paso de las horas dentro de una extraña dimensión desconocida para él, que era solo de ella.Y en la tierra nada ni nadie se movió. Los pájaros quedaron suspendidos en el vuelo, los ciervos y demás animales de los bosques, inmóviles sobre la hierba. Cada ser viviente quedó estático en la forma en que se encontraban cuando el picaflor se convirtió en mujer. Las nubes no viajaban, el sol no se desplazó. El viento paralizado en su recorrido. Las personas en las ciudades, al igual que los coches y los ruidos quedaron estampados en un cliché Los dos permanecieron juntos. Allí. Dentro del corazón de ella. Su poesía, su amor, la devoción a su Rey, se testimonió en todo su esplendor. Entonces, él comprendió, entendió cuál era el misterio…Optimismo, euforia, bienestar, contento natural. La embriaguez lo suavizó, le fue infundiendo ese estado de felicidad que sólo puede compararse con la belleza teológica. Y sintió que estaba en gracia de Dios. ¿Y de dónde venía esa gracia de Dios, esa alegría deliciosa y lánguida? Le llegaba de ella, de su habitación en ese castillo, que era su corazón increíble y único. De la armonía integral de cielo y tierra, de mar y aire. Del ritmo entre la bahía y el monte, entre el oleaje y la arena que bajo la custodia del sol se hacía y se deshacía.No quería salir de allí. Una vez que entró no quería salir jamás. La ternura y el amor no le herían los ojos. El sonido de las olas no dañaban los oídos. La caricia del agua sobre la arena no le ofendía la piel… Dentro de ese recinto extraordinario, detuvo también su tiempo. Apoyado en ella, quedó abstraído, con la vista perdida buscando un límite… Contemplando el firmamento, el fulgor de las estrellas, la calma bienhechora, la mansedumbre que en solemne instante hiciera luz en las tinieblas de su alma.Aunque el tiempo se detuvo en la mayor gloria, incontable por minutos, porque en el castillo no existían relojes, él buscaba límites, límites, límites…Límites para expresarse, límites para hablar, límites para actuar. A pesar de sentirse en el más espléndido de los mundos, transportado, conmovido, sano, sereno, reanimado. Igualmente obstinado, quería encontrar un límite para su felicidad…Adentro de esa sala sin fronteras, sin horizontes, sin ángulos, sin filos, donde todo era luz y color, paz y amor, felicidad y esperanza. ¿Para qué o por qué? Buscaba un límite que le atara sus manos, que le sellara la boca, que le calmara el corazón, ahora saludable, latiendo vigorosa y fuertemente. —No pienses nada, déjate estar aquí dentro, este lugar es mío, y en él te coloqué en tu trono. Tú eres mi Rey —le susurró la apacible dama que lucía una vestimenta rosada, tenue y etérea flotando entre nubes y plumones.El seguía sin entender cómo ella podía leer sus más recónditos pensamientos, y saber cuantas cosas pasaban por su mente. —No busques límites, ¡No!, no los busques, porque aquí no los encontrarás. Todo esto que ves y sientes, es mi mundo, mi alma, y no hay límites. En este universo yo concibo todo lo que deseo y no necesito nada más. Y aquí te coroné mi Rey — dijo mientras sus labios besaron sus manos.El continuaba mudo, asombrado, deseoso de permanecer allí todo el resto de su vida. Solo la miraba con la ternura infinita que brotaba de sus pupilas hechiceras…Pero no hizo nada por ella, no quiso decir nada. No hizo nada por si mismo, se empecinaba por no aprender, porque no entendía que lo que ella le ofrecía no era un amor carnal y terrestre, sino la gracia de Dios. El amor Universal…De pronto, ella se convirtió en águila. Y el tiempo reanudó su camino. El mundo comenzó a girar nuevamente. Los relojes de la tierra sonaron sus campanas. Las nubes trasladaron sus volutas por el cielo. El sol siguió girando…En un instante él se encontraba nuevamente en la selva, febril y angustiado, buscando su corcel blanco. "¿Otra vez la realidad?" Sintió una pena terrible rechinar en su alma. "¿Volver a este mundo de nuevo? ¡Cómo quisiera mantenerme en ese lugar eternamente!" Pensaba mientras desandaba el camino de regreso. Con nostalgia, tristeza, ternura, arrobo…Pero él no sabía que ella lo estaría mirando y amando desde esa dimensión, que lo tendría siempre en esa habitación de su castillo. Y cada vez que la buscara, ella abriría la puerta de ese reino para que él pudiera volar adentro de él.Ahora volvía a ser el Árbol solitario, hambriento de ternura, de cielo, de rosas, de su picaflor, de su enredadera, de su águila, de su Ángel Guardián.Descendía otra vez cada vez más sus raíces en la tierra. Las apretaba sin darse cuenta que en un momento mágico se había convertido en hombre, en Rey, en un Arcángel que había amado a un Ángel....Pero en el bosque continuaban los dos árboles juntos... Ahora Él había aprendido a convertirse en águila, a saber volar. A levantar sus ramas en plegaria infinita hacia Dios...Entonces sus ramas comenzaron a florecer, a acunar nuevamente los pajarillos del bosque. abrigar los sueños como si fueran hermosos nidos...Ahora solo le restaba esperar el invierno...

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